¿Nos quedamos sin tiempo para nosotros?

23/02/2026 - María Laura Rodríguez, psicóloga gestáltica, se adentra en las mentes de las personas, diferenciando el tiempo vivencial de aquellas obligaciones productivas. Reconoce la escasez del ocio y el impacto que tienen las redes sociales en nosotros, especialmente en los más chicos.
Hoy se dice que el tiempo es lo más importante, más bien la falta de tiempo. Varios filósofos actuales, entre ellos Byung Chul Han, han planteado un no tiempo o un destiempo en el que vivimos
Los chicos han perdido el tiempo de ocio, lo reparten entre distintas obligaciones, como la escuela, las actividades extracurriculares, deportes… casi sin tiempo para jugar, y lo que resta, lo emplean en el teléfono.
Parece que vivimos una época sin tiempo, sin espera. Y ahí viene el motivo de nuestro encuentro con la Psicóloga María Laura (Malala) Rodríguez.

Nos pasamos esperando etapas que pasan sucesivamente. Terminar la escuela, la secundaria, que caminen nuestros hijos, que terminen el jardín, que egresen… y pasó la vida (y ahí nos encontramos con la crisis de los 40 y la ruptura que nos presenta una media vida hacia adelante). Esperamos que llegue el principio de mes para cobrar, pagar, esperar. Que llegue el fin de año, y pasa, y en enero estamos nuevamente agobiados, angustiados porque no hicimos lo que habíamos pensado y las metas vuelven a diluirse. “Cuando hablamos de tiempo, podemos hacer referencia al tiempo chronos, es decir a las horas, minutos y segundos que se cuentan con un reloj, al tiempo lineal, medible o podemos referirnos al tiempo vivencial que es el que cada uno de nosotros registra de manera subjetiva, por ejemplo cuando estamos en una reunión con amigos divirtiéndonos solemos decir ´se me pasaron las horas volando´ y cuando estamos en el aeropuerto esperando a que llegue nuestro ser querido seguramente diremos ´el tiempo no pasaba más´”, entra en tema la especialista en terapia gestáltica.
Esa mirada del tiempo en el que vivimos las personas actuales, también nos trae dificultades, por ejemplo, la angustia, ansiedad, necesidad de hacer, de no tener tiempos libres, tal como el disfrute del ocio. Así es que debemos reinterpretar nuestra presencia en el mundo. Dice la profesional: “cuando hacemos referencia al tiempo vivencial, allí lo subjetivo empieza a amalgamarse con lo idiosincrático, con lo cultural, variables que lo atraviesan y lo definen. Conforme han ido pasando los años, en nuestra cultura occidental ha ganado fuerza el tiempo productivo, en detrimento del tiempo ocioso, considerándose a este último como una pérdida de tiempo, asignándole al ocio la cualidad de disvalor”. Entretanto, para el pensamiento formal histórico, justamente el ocioso es el tiempo que genera el pensamiento profundo, la introspección y la creatividad.
En sociedades poscapitalistas, transmodernas, inmersas en creencias de productividad vinculadas a lo económico, Rodríguez analiza que “al mirar nuestras agendas semanales, los días están cargados de actividades, desde aquellas que realizamos para poder obtener nuestro sustento económico, hasta las que supuestamente son de recreación, pero en todos los casos nos resultan obligaciones, entonces otra vez el ocio queda de lado porque el que practica algún deporte seguramente termine entrenando para competir, el que va a aprender guitarra se prepara y practica al menos para la muestra de fin de año lo que conlleva más exigencia que disfrute, y así podría seguir enumerando ejemplos de esa índole”. En ese contexto, sostiene, “por algún motivo, hemos terminado creyendo que no podemos "perder el tiempo" y que siempre tenemos que estar haciendo algo productivo”.
Agrega Rodríguez, algo que parece escaparse de nuestra sociedad: “es muy gratificante hacer actividades que nos gusten, que nos distiendan, que nos hagan bien a nuestra salud física y emocional, pero también lo es poder decidir darle prioridad a nuestro descanso, a conectarnos con la naturaleza sin ninguna exigencia”.

Como si no alcanzara con las ideologías y el mercado, también vivimos en la sociedad con más acceso a las comunicaciones en la historia de la humanidad. “A principios de los 2000, aparecieron las redes sociales, que como absolutamente todo en esta vida, tienen un lado positivo y otro que no lo es tanto, esto es, se han convertido en un catalizador de cambio social es decir que operan como factores de trasformación en una sociedad a través de su característica de masividad y en lo individual nos han permitido interactuar socialmente desde la virtualidad, poder tener contacto con aquellos que no viven cerca nuestro, ver a dónde se fue de vacaciones o qué hizo el día de su cumpleaños , pero su uso en exceso ha provocado distintas consecuencias negativas desde lo emocional debido a que, la exposición constante a contenidos muchas veces superficiales, de corto tiempo y sobre estimulantes generan alteraciones en la salud mental y emocional”. Las tecnologías están diseñadas para permanecer frente a las pantallas, en redes sociales, scrolleando (pasando videos), para mantenernos ocupados en nada. En nuestro país, el promedio de uso de redes sociales excede las cuatro horas diarias.
Ante ese escenario marcado por el multitasking y los auto reclamos, Rodríguez precisa que “tanto en el caso de las exigencias en las actividades como en el uso excesivo de las redes sociales, las consecuencias en la salud mental se igualan, los episodios de ansiedad, así como los cuadros de depresión, alteraciones en la concentración, la atención y en el sueño son cada vez más frecuentes en gran parte de la sociedad, es por todo esto que existen países donde a partir de informes de psicólogos y sociólogos se ha determinado legislación que limita el uso de redes sociales para niños y también se escuchan cada vez más voces proclamando las bondades del ocio y el pasar tiempo de no hacer nada".
Termina la especialista con una propuesta potencial: “habrá que ver si somos capaces como sociedad de construir una mejor calidad de vida sintiéndonos más satisfechos”.


