Década gigante

20/04/2026 - Hace diez años, Romina Mendoza creó desde el dolor un comedor que regó de solidaridad el barrio. Un centenar de niños sienten el sostén y el acompañamiento desde el lugar.
Lo que comenzó como una tabla de salvación personal tras la pérdida de un hijo, se convirtió en un faro para el barrio. De recibir a 24 chicos en una capilla a transformar un galpón abandonado con la ayuda de Marcelo Tinelli, Romina Mendoza, repasa diez años de amor por los niños y entrega incondicional.

Sentados en el mismo lugar donde, sábado a sábado, un grupo de niños almuerza y realizan tareas recreativas, Romina se despojó de todo y abrió su corazón para contar lo que también, en su interior, es su refugio ante el dolor: la movilizante historia del comedor “Pequeños Gigantes”.
“Todo comenzó el 9 de marzo de 2016, yo no estaba en mi mejor momento; atravesaba una profunda depresión tras la pérdida de un bebé. Estaba sentada afuera de mi casa cuando pasaron Alexis “el Tanque” Pasos y Jimena Molina, quienes caminaban el barrio buscando gente para armar un comedor comunitario”, recordó.
Lo que en ese momento empezó como una charla, se convirtió en su motor para seguir adelante, “lo vi como una salvación para mí y se lo manifesté a Hugo, mi marido, quien se sumó y arrancamos”.
Apenas tres días después, el 12 de marzo, el comedor abría sus puertas en la capilla “San Cayetano”, a escasos metros de la propia casa de Romina y del lugar actual del comedor. Sin embargo, por dificultades logísticas, Romina tomó una decisión drástica para no interrumpir la ayuda, que fue llevar el comedor a su hogar. “Hugo me decía que estaba loca por meter a todos en casa, y sí, estaba loca. Me fui con todos para allá”, comentó entre risas.
Sobre los diez años pasados de ese comienzo, Romina no sabe si es mucho o poco tiempo, hasta incluso, dijo que “yo misma pensé en bajarme en varios momentos, pero siempre salíamos adelante”.
Durante tres años, su hogar fue el epicentro de la solidaridad, no sólo para chicos del barrio, sino también para los alrededores. Los números hablan por sí solos: empezaron con 24 chicos en su casa y llegaron a ser 64. Con el tiempo, la cifra escaló hasta los 114. “Siempre fue los sábados donde desayunamos y almorzamos; nunca cambió esa rutina, aunque antes los festejos se hacían más largos”, detalló.

Con el paso del tiempo, las edades de los chicos fueron cambiando y la dinámica se adaptó para concentrar todo durante la mañana, evitando que los más pequeños se cansaran demasiado. También, además de lo cotidiano de los sábados, hay salidas y festejos de cumpleaños.
La historia dio un giro inesperado gracias al fanatismo de Romina por Marcelo Tinelli. Entre bromas, ella le había dicho al cura párroco, en ese entonces, Mauricio Scoltore, conocidos por todos como el "Pollo" que ´si me lo traés a Marcelo, te regalo un lechón´. El hombre de la liturgia, además es hermano de Fabián, alma máter del conductor televisivo. Cada vez que Tinelli visitaba Bolívar, Romina hacía lo imposible para acercarse; pero sólo para una foto, sin pedirle nunca nada.
Un sábado, mientras Tinelli inauguraba un mamógrafo en el hospital, Romina dejó el comedor en manos de sus compañeros para ir a verlo. Tras lograr su foto y regresar emocionada, recibió una noticia increíble: “Viene mi sobrina y me dice: ‘Romina, está Marcelo afuera’. No lo podía explicar, caminar hacia él fue eterno, parecía que iba en cámara lenta”.
Tinelli, conmovido por la labor, le ofreció arreglar su casa, pero Romina tuvo un gesto de desinterés absoluto: “Le dije que no, que mi casa era mía. Yo quería un lugar para ellos, para que los chicos lo disfrutaran como su segundo hogar”.
Así, pusieron el ojo en un galpón vecino del viejo ferrocarril que estaba abandonado, oscuro y que era un foco de peligro para el barrio. “Ahí se drogaban o escondían cosas robadas. Era un baldío lleno de mugre”, describió. Tinelli fue contundente ante la situación: “Este sueño te lo cumplo yo, vas a tener tu lugar”, recordó con exactitud las palabras que le dijo el conductor.
Siete años pasaron desde la inauguración de ese lugar propio y que ya lleva la marca del comedor “Pequeños Gigantes”. “Hoy, el barrio tiene otra cara: asfalto, luces, gas y una plaza hermosa. Le hemos dado muchísima vida al barrio gracias al comedor”, afirmó con humildad.
A pesar de que la pandemia obligó a cerrar preventivamente en dos ocasiones por contagios, el servicio nunca se detuvo del todo, transformándose en entrega de viandas para las familias y vecinos necesitados ante la imposibilidad de lo presencial. Actualmente, el comedor cuenta con unos 108 chicos anotados, con una asistencia fija de entre 65 y 70 cada sábado.
La rutina comienza a las nueve de la mañana, como hace diez años, donde los chicos ya esperan en la plaza. Romina también está ahí, confirmando que aquella "locura", como ella misma lo describió, de abrir su casa fue, en realidad, el comienzo de una nueva vida para ella y para los niños.

El comedor se convirtió en un lugar al que no se puede dejar de ir y “hay chicos que ya cumplieron los 10 años con nosotros”, dijo Romina. Y agregó que “mi sobrino, que fue uno de los más chiquitos, tenía dos años cuando arrancó con nosotros y ya cumplió doce años, la semana pasada. Después, tenemos a Rosa y Angie, que también eran chiquitas, y tenemos a la Pichu, Laura Molina, que ellas también cumplieron los 10 años acá”.
Todo da a entender que si falta el comedor es como que a los niños les faltara algo y esto va más allá de un plato de comida, un juguete o una tarde de juegos: “yo voy a seguir, pero es cierto que, si un día falta el comedor, a ellos les va a faltar algo y yo siento lo mismo, desde el otro lado”, expresó.
Si la gente quiere colaborar con el comedor lo puede hacer con alimentos, ropa y juguetes, “acá aceptamos todo”, contó la mentora del lugar. “Nosotros hacemos ferias de ropa y con esa plata se paga la luz y el gas. Otra de las cosas que quiero aclarar, porque mucha gente piensa que el municipio nos paga la luz y no es así, ni tampoco la iglesia y Marcelo no sostiene el comedor. El único dinero que entra es a través de la feria de ropa. Por ahí se suma, por ejemplo, Mirta, que es una de las señoras que, dos por tres, nos dona diez mil pesos, once mil pesos y eso se va guardado para poder pagar la luz. Tampoco tenemos sueldo, no tenemos nada, ni personería jurídica para que entren subsidios, nada, nada de eso”, aclaró.
En el comedor, además de Romina, está su marido Hugo, que se pone el delantal de cocinero; más “Llamita” (Reynaldo Llamas); Sole, que es la cuñada de Romina y Beto, que es su hermano.
El número de contacto es el teléfono de Romina, 2314 475756. También, se pueden acercar al comedor, los sábados por la mañana.
Romina, por último, agradeció a todos los que colaboran: “a los vecinos de Bolívar, Urdampilleta, al personal de la Unidad Penal N° 17 que ellos siempre están colaborando con nosotros, a la gente de Pirovano y de Olavarría, que nos ayudan mucho con donaciones”, finalizó.


