Cien años después de Henry Ford: cómo el neoliberalismo y la hiperconexió

26/06/2026 - La medida que en 1926 revolucionó el mundo prometiendo tiempo para el consumo y el descanso. Hoy, en medio de la cultura del burnout y las reformas de flexibilización, la salud física y mental de los trabajadores —especialmente en la Argentina de la posverdad económica— paga el precio de una jornada que nunca termina.
En septiembre de 1926, el magnate automotriz Henry Ford anunció una decisión que pareció una locura para la época: reducir la jornada laboral de su empresa a 40 horas semanales, repartidas en cinco días, sin reducir el salario. Un siglo después, aquel movimiento que buscaba equilibrar la producción con el consumo y el descanso se ha convertido en una reliquia. En 2026, la semana laboral de cinco días agoniza, no por una ley que la derogue, sino por la transformación cultural y económica impulsada por décadas de políticas neoliberales, la revolución digital y la precarización global.
Lo que Ford diseñó para evitar el agotamiento físico de los obreros de la línea de montaje, hoy choca contra una realidad paradójica: tenemos más tecnología que nunca para ahorrar tiempo, pero trabajamos más, peor y con un impacto devastador en nuestra salud física y mental.
El origen fordista: el descanso como motor económico
La reducción de la jornada fordista no fue un acto de pura filantropía. Ford entendió que los trabajadores necesitaban tiempo libre para consumir los propios productos que fabricaban (en su caso, autos para pasear los fines de semana). Además, los datos de su propia fábrica mostraban que, tras tres semanas de jornadas de 6 días, la productividad caía en picada. El descanso era, en esencia, una variable de producción.
Sin embargo, a partir de la década de 1980, con el auge del neoliberalismo, la Reaganomics (Ronald Reagan, presidente de EEUU) y el thatcherismo (Margaret Thatcher, primera ministra británica), esa lógica comenzó a desarmarse. La desregulación de los mercados, la caída de los sindicatos y la globalización desplazaron el foco: ya no se trataba de pagar mejor por menos horas, sino de "flexibilizar" para abaratar costos.
El giro neoliberal: de la jornada limitada a la disponibilidad 24/7
El neoliberalismo transformó la relación entre tiempo y trabajo. La "flexibilización laboral", pregonada como la clave para la modernización, terminó diluyendo los límites entre la vida personal y la laboral.
Con la llegada de los smartphones, el correo corporativo en el celular y el trabajo remoto post-pandemia, la fábrica de Ford se metió en el dormitorio del trabajador. La jornada de 8 horas dio paso a la disponibilidad 24/7. El modelo de gig economy (economía de plataformas) consolidó la figura del "emprendedor de sí mismo", donde el trabajador asume el riesgo, la gestión y, sobre todo, las horas extra no remuneradas. El tiempo libre dejó de ser un derecho para el consumo y el esparcimiento, para convertirse en tiempo para la "capacitación", la "búsqueda de nuevos clientes" o la simple recuperación de un sistema nervioso agotado.
El cuerpo y la mente en la mira: la epidemia global del burnout
Esta reestructuración neoliberal del tiempo tiene un costo biológico y psicológico. La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció en 2019 el burnout (síndrome del trabajador quemado) como un "fenómeno ocupacional" crónico.
A nivel global, los datos son alarmantes. Un estudio conjunto de la OMS y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) reveló que trabajar 55 horas o más a la semana se asocia con un 35% más de riesgo de accidente cerebrovascular y un 17% más de riesgo de morir por enfermedad isquémica del corazón. En 2016, el trabajo excesivo costó la vida a 745.000 personas en el mundo.
Físicamente, el modelo actual fomenta el sedentarismo, la mala alimentación por falta de tiempo para cocinar y los trastornos del sueño. Mentalmente, la hiperconexión genera un estado de alerta permanente que eleva los niveles de cortisol, disparando los cuadros de ansiedad y depresión.
La radiografía argentina: informalidad, presentismo y la "changarización"
En la Argentina, la Ley de Contrato de Trabajo (1974) establece un límite de 40 horas semanales. Sin embargo, la realidad económica del país ha convertido este derecho en una ficción para millones.
Según datos recientes del INDEC, cerca del 40% de los trabajadores argentinos se encuentra en la informalidad, un terreno donde la jornada de 40 horas no existe. Pero incluso en el sector formal, la crisis económica y la inflación han empujado a un fenómeno masivo: la pluriempleo o "changarización".
Un informe de la consultora Abeceb y relevamientos de la Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) indican que más del 30% de los trabajadores formales en Argentina realiza horas extra no remuneradas o tiene un segundo empleo para sostener su poder adquisitivo.
"En la Argentina, el neoliberalismo no solo flexibilizó la ley, sino que la inflación y la precarización estructural obligan al trabajador a autoexplotarse", explica el sociólogo laboral Matías Tombolini. "El presentismo —la cultura de quedarse hasta que se va el jefe— y la hiperconexión hacen que un empleado de servicios o de sistemas esté fácilmente conectado 50 o 60 horas a la semana".
El impacto en la salud mental en el país es evidente. Argentina es uno de los países con mayor cantidad de psicólogos per cápita en el mundo, y las obras sociales y prepagas reportan en sus memorias anuales un incremento sostenido de consultas por trastornos de ansiedad, estrés laboral y depresión, superando los niveles prepandémicos. El uso de psicofármacos, especialmente ansiolíticos y antidepresivos, ha alcanzado récords históricos en el sistema de salud argentino.
El debate actual: ¿Hacia atrás o hacia adelante?
Mientras en el mundo desarrollado se ensayan modelos para reducir la jornada, en Argentina el debate político gira en torno a la "flexibilización laboral". Los proyectos de reforma impulsados desde el sector empresarial y acompañados por el oficialismo buscan permitir convenios por hora trabajada y reducir costos de despido, bajo la premisa de que "generar empleo" requiere quitar rigideces.
Los críticos, desde el ámbito de la salud ocupacional y los sindicatos, advierten que esto formalizará el deterioro de la salud pública. "Quitar las 40 horas como límite legal para pasar a un sistema de 'acuerdos por productividad' es un retroceso a antes de Henry Ford", advierten desde la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). "No se puede hablar de salud pública si el modelo económico exige que el trabajador esté enfermo de cansancio para poder llegar a fin de mes".
La semana de 4 días: ¿la nueva utopía?
Frente a este panorama, el mundo vuelve a mirar hacia adelante. Experiencias recientes en Reino Unido, Islandia y España, donde se probó la semana laboral de 4 días (32 horas) sin reducción salarial, arrojaron resultados contundentes: la productividad se mantuvo o aumentó, y los índices de burnout, absentismo por enfermedad y estrés cayeron drásticamente.
A cien años de la visión de Henry Ford, la historia parece dar la vuelta. El pionero del capitalismo entendió que el descanso era necesario para sostener el sistema. Hoy, un siglo después, la ciencia y la salud pública demuestran que el modelo neoliberal de disponibilidad absoluta no solo es insostenible para el trabajador, sino que está enfermando a la sociedad entera. Recuperar el tiempo libre, en la Argentina y en el mundo, ya no es solo una cuestión de justicia social: es una urgente necesidad de salud pública.


