El racionalismo ha muerto

18/07/2026 - La periodista se/nos interpela desde los nuevos roles comunicacionales, la profesión periodística y la responsabilidad en la deontología mediática.
Por Melina Gómez
Aunque parafrasear a Nietzsche no debería ser gratuito ni aceptado con total liviandad, por ahí es la afirmación que más rápido (y fácil) aparece al pensar en una realidad actual, cuando la comunicación entra en materia de análisis.
Y es que en la era de bombardeos mediáticos, de información al alcance, disponible a toda hora, el trabajo periodístico parece ser un oficio de antaño, anormal. No solamente porque ya dejó de ser relevante el chequeo de una información antes de ser difundida, sino también por la facilidad de encontrar ‘comunicadores’ en cualquier ámbito, ‘comunicando’ sobre cualquier tema.
No es que sea necesaria la formación académica para comunicar, informar, difundir. Se puede, y cada vez es más evidente, que “cuando una voz humana nace de la necesidad verdadera de decir, nadie la puede parar”. (Ya que usamos las palabras del filósofo alemán, también citemos a Galeano)
Desde la postura que “todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada” (qué manera de robarle al uruguayo), es válida la intención de comunicar. Sin embargo, es importante el contexto, la llegada del discurso y la responsabilidad sobre la repercusión.
Galeano escribió ‘Celebración de la voz humana/2’ haciendo referencia a un contexto de encierro, una prisión, en una de las épocas más oscuras. Quizá, como otros tantos textos, es de esos que no pierde vigencia, salvando las distancias del tiempo. El paralelismo puede hacerse desde la idea de estar ‘encerrados’ y ver lo que pasa desde una pantalla, sin levantar la vista al mundo real, sin salir de la famosa zona de confort.
Mientras cada vez más influencers toman protagonismo en los medios y son convocados para coberturas ‘de color’ ya que así lo exige la demanda de consumo, la investigación y el compromiso miran desde un costado, tal vez, todavía sin entender del todo esta nueva era comunicacional. Hasta los mismos periodistas que se adaptaron a la época exponen sus privacidades y fomentan la comunicación sin información, porque es ‘lo que vende’.
Y así, surgen personalidades y figuras que para las juventudes son reconocidas por compartir contenido en las redes y luego, con un micrófono, los encuentran entrevistando a grandes fuentes de información, con la certeza de ‘haber llegado’ a donde querían. Aunque generalizar sería caer en una falacia, sí queda de manifiesto que la falta de herramientas al momento de comunicar puede significar una cancelación, un descarte o pérdida de seguidores.
De todos modos, encontrar esa veta de la fácil llegada al público, es el negocio ideal para que la política o las grandes marcas decidan invertir con resultados rápidos y favorables. La cuestión ahí es ¿hasta qué punto ‘vender’ ese contenido sirve al medio? O ¿cuánto cuesta aportar a un cambio de imagen, si a los pocos días la inmediatez de lo viral hará que quede en el olvido?
El desafío de entender la generación actual de la comunicación hace que las viejas prácticas sean cada vez más conservadoras. La democratización de la información y la palabra es necesaria pero también lo es el sentido común, el racionalismo y ver más allá o, al menos, identificar el propósito del contenido con impulso viral.


